domingo, 10 de enero de 2010

Inspirado en la Ñ de una guadalajareña, que no lo es.

Su señoría,

Estaba en el Abajeño acapulqueño acompañada del dueño (un diseñador empeñado en engañar y dañar hasta lo más profundo de las entrañas).

Tenía pestañas tan pequeñas como un champiñón y llena de lagañas. Gruñón, sobre todo en otoño, esperaba la señal de la cigüeña para realizar su hazaña. Comía un buñuelo con jalapeños, en su añorada cabaña hogareña. Subía a la montaña desde donde divisaba a la señorita costeña en corpiños. Se sentía una araña en campaña a punto de apuñalarla.

Era tal el cariño que le tenía, que cuando tomó el cañón porteño de antaño, sus calzones se transformaron en pañales.

Segundos más tarde, bañado en sangre, la añoranza se entregó a sus pies.

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